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DESDE ENERO HASTA SU MUERTE
I.
Tú y yo poseemos un marco de silencio
que nadie penetra
y en el que sólo platicamos
tú y yo.
Porque del mismo manantial brotamos
del mismo árbol, de la misma piel.
Y en el camino, de nuevo nos encontramos
y nos reconocimos.
Aunque había mucha gente y te llamaban,
tú te quedabas sentado en la vereda y me esperabas.
Era yo muy pequeña cuando me encontraste,
y a tu sombra, fresca como de sauce,
me cobijé y crecí tranquila.
Tus ramas se extendían flexibles como lirios
y detenías las lluvias, los vientos y las fieras.
Sólo la luz entraba filtrada entre tus hojas.
Hoy soy fuerte y a ti
se te han ido las hojas con el viento de enero.
Pero no te aflijas, que ya he visto retoños
brotar entre tus ramas.
Pasará la sequía y cuando mayo llegue
tus ramas estarán cubiertas de hojas tiernas.
Y de nuevo habrán lluvias, y sequías y vientos . . .
Pero tu savia es fuerte,
tendrás retoños nuevos,
y tu sombra, fresca como de sauce,
rumorosa y flexible,
permanecerá viva para siempre.
II.
¿Por qué te fuiste?
Los bambúes que sembraste a la orilla del camino,
los heliotropos y las gardenias preguntan por ti.
Los rosales te esperan y las gencianas dobles.
Los jazmines y las gemelas
la llama-del-bosque y las acacias
los mangos-enanos y los guanacastes
el laurel-de-la-India y los cardoncillos,
todos preguntan que cuándo regresarás.
El chilamate del patio adoquinado
cada día te espera con su sombra abierta
y la pitahaya no quiere florecer hasta que vuelvas.
Desde que te fuiste
las ranas ya no cantan en las noches de lluvia
y las quiebra-plata no brillarán más.
La fuente está oscura y callada,
tu cuarto desierto, tu hamaca vacía,
tu escritorio, tu sombrero, tu capote y tu mochila,
tu machete y tus botas,
todos están quietos y te esperan . . .
¿Por qué te fuiste?
¿Por qué dejaste todo lo que amabas?
¿Por qué?
III.
Ahora quisiera regresar —inútilmente—
a los últimos días dolorosos
llenos de medicinas y visitas y voces,
de instrucciones y horarios y angustia contenida.
Y de aquella esperanza —pequeña y persistente—
que ninguno decía, pero que de algún modo
—no me explico por qué—
los dos guardábamos.
Quisiera regresar aún más todavía
a los días en que agarrabas contento tu machete
y te ibas muy temprano a ver los animales,
y la penca, y todos los detalles de la finca.
Y a la hora del almuerzo nos contabas
de los recién nacidos terneros
de la nueva presa de la finca en Boaco
y de la posible compra de guapotes y camarones
para llenarla.
De las latas de miel que había que embotellar,
y de la siembra de naranjas y mandarinas,
de la cosecha y de las lluvias,
y de la tierra, que tanto amabas
porque tú la habías trabajado con tus manos.
Y después sentados en el corredor
platicábamos viejas historias en el frescor de la tarde.
Pero más que todo eso quisiera
regresar hasta los más antiguos días
aquellos en que me diste el mote de “hoja-chigüe”
—por fregar tanto—
y me dabas volantines en las camas
y por las noches
me hacías ejercicios de lectura en los periódicos.
Y después me acostaba y soñaba los juegos
que juntos jugaríamos la siguiente mañana.
IV.
En realidad lo más terrible de tu muerte es
aquello de llegar a la casa y no encontrarte.
Aquella persistencia del vacío
que no importa lo que me esfuerce
sé que allí está y que además
nunca habrá manera posible de romperlo.
V.
Hoy regresó la lluvia, la misma lluvia de antes.
El zacate está verde y el camino lodoso.
Y todo como siempre, pero nuevo y distinto,
igual y distinto.
Porque es la antigua lluvia que vuelve
como tú que te fuiste y estás aquí conmigo
(porque se puede estar y no estar al mismo tiempo).
Y has estado siempre y seguirás estando,
como la lluvia de hoy que es de ayer y mañana,
que ha sucedido siempre sin final ni principio,
y nadie sabe cuándo fue el primer aguacero.
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